Podía haber esperado y vendido por el doble
Decidió no hacerlo
Hace unas semanas estuve hablando con un empresario que vendió su empresa familiar por una cifra que la mayoría no veremos en varias generaciones.
No estaba en edad de jubilación y su empresa iba viento en popa. Tenía una posición de liderazgo consolidada en su sector industrial, y llevaba casi una década recibiendo llamadas y emails prácticamente todos los meses de fondos de capital privado, nacionales e internacionales, interesados en comprarle una mayoría o una minoría, y durante años, siempre había dicho que no. La empresa era su legado familiar y no estaba en venta.
Hasta que un día sí lo estuvo.
Lo que pasó cuando paró
En un momento concreto, por una serie de motivos personales tuvo que hacer una pausa de unos meses, algo que, según me contó, nunca había hecho desde que era niño.
En esa pausa se vio desde fuera por primera vez.
Llevaba décadas trabajando jornadas de doce horas diarias, muchas veces también los fines de semana, y aunque no trabajaba, nunca descansaba de verdad. Siempre había algo dando vueltas en la cabeza: un problema del día anterior, un riesgo que había que gestionar, una oportunidad de mercado que no podía ignorar. La empresa vivía en su cabeza las veinticuatro horas del día, también en vacaciones, también en la cena con su familia.
Sus hijos ya eran adultos y estaban trabajando en la empresa familiar. Había conseguido darles una vida cómoda, viajes, escuelas de primer nivel. Pero solo una fracción mínima de su tiempo cuando había sido niños. Las mañanas del domingo jugando en el parque, los momentos tontos y sin importancia que luego resultan ser los que uno recuerda, esos los había perdido para siempre.
En esa pausa, con el negocio marchando bien y sin ninguna urgencia económica, llegó a una conclusión: no quería que sus hijos, que en unos años podrían estar preparados para el relevo generacional, hicieran su misma vida. De repente se había dado cuenta de que también estaba cansado de vivir así.
Llamó a sus asesores de confianza y puso la compañía en venta.
¿Era el mejor momento para vender? No.
Los tipos de interés estaban altos. Cuando el dinero es caro, los fondos de private equity se endeudan con más dificultad y tienden a pagar múltiplos más bajos. La empresa, además, estaba en plena fase de crecimiento; con casi toda probabilidad iba a valer más el año siguiente, y todavía más en un lustro. Igual el doble.
He escrito bastante sobre cuándo es el mejor momento para vender, sobre qué hace que una empresa sea vendible a buen precio, y sobre cómo los compradores valoran realmente lo que tienen delante. Hay factores de mercado e internos, y ventanas que se abren y se cierran...
Pero este empresario no estaba optimizando el precio, estaba tomando una decisión de vida, en contra del consejo de sus asesores, familiares y amigos, que le animaban a esperar al menos un par de años para maximizar el precio. Tomó esa decisión en soledad, como había hecho siempre en las decisiones importantes de negocio y en sus momentos difíciles, y vendió.
El cansancio como motivo de venta
En mi actividad acompañando a fundadores en procesos de venta me encuentro con mucha frecuencia con empresarios que deciden que es el momento de vender por ese mismo motivo. Yo mismo viví una situación muy similar después de 18 años al frente de mi anterior compañía, Antevenio, cuando llegó una oferta que no había buscado.
Llevar un negocio implica cargar con el peso ( y la responsabilidad) de los empleados, de la deuda, de los clientes, de los proveedores, de las decisiones de inversión que pueden salir bien o mal. Implica estar disponible para las emergencias, y siempre hay emergencias. Hoy, con la velocidad a la que cambia el entorno tecnológico, esa presión es mayor que nunca. Los riesgos son más grandes, las oportunidades también, y los cambios llegan más rápido de lo que cualquier empresa puede absorber cómodamente.
Hay empresarios que disfrutan de esa adrenalina hasta el último día, los hay, pero hay muchos otros que en algún momento, llegan a un punto de saturación. Un punto en el que el cuerpo y la cabeza piden algo diferente.
Ese momento, ese pedirlo el cuerpo, puede ser perfectamente un motivo de venta tan legítimo como cualquier análisis de múltiplos o ventanas de mercado.
Sobre el “mejor momento”
Evidentemente, si puedes elegir, mejor vender cuando el mercado acompaña, cuando la empresa tiene visibilidad de crecimiento, cuando los tipos facilitan el endeudamiento de los compradores y cuando estás en posición de negociar sin urgencia. Lo he explicado aquí.
Pero la vida no siempre te deja elegir ese momento perfecto. A veces te deja elegir entre vender ahora, con todas las circunstancias que hay, o seguir esperando un mejor momento que quizá llegue, o quizá no.
A veces la pregunta no es
¿cuándo es el mejor momento para vender?
sino
¿cuánto más quiero seguir así?


